La ganadería extensiva en Galicia enfrenta retos crecientes derivados del cambio climático, como variaciones en las precipitaciones y temperaturas más extremas que afectan la disponibilidad de pastos. Las granjas tradicionales dependen de sistemas pastoriles que aprovechan los recursos locales, pero el aumento del estrés térmico reduce la producción y la reproducción del ganado. Este escenario exige soluciones que integren conocimientos ancestrales con estrategias modernas para mantener la viabilidad económica de las explotaciones.
Los datos de la FAO indican que muchas razas locales han sido seleccionadas durante siglos para adaptarse a condiciones específicas del territorio. En Galicia, donde los pastos son estacionales y los relieves complicados, las razas autóctonas destacan por su rusticidad. Conservar esta diversidad genética representa una oportunidad para amortiguar impactos climáticos futuros y aprovechar subproductos agrícolas de manera eficiente.
Los cambios en los patrones climáticos alteran la calidad de los forrajes y aumentan la presencia de parásitos y enfermedades transmitidas por vectores. Estudios como los de Hoffmann (2010) muestran que las temperaturas elevadas incrementan el consumo de agua y reducen la fertilidad del ganado. En sistemas gallegos extensivos, donde los animales pastan al aire libre, estos efectos se vuelven especialmente notorios y afectan directamente la rentabilidad.
La ganadería contribuye entre el 7 y el 18 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, pero los sistemas extensivos gallegos minimizan este impacto al depender mínimamente de piensos externos. Esta característica permite que las explotaciones tradicionales ofrezcan productos con huella de carbono muy baja, fortaleciendo su papel en la transición hacia una producción más sostenible.
Las razas locales gallegas, como la rubia gallega o la cachena, han sido moldeadas por el clima atlántico y los pastos pobres de la región. Su capacidad para aprovechar recursos limitados las convierte en una reserva genética valiosa frente a condiciones impredecibles. A diferencia de razas foráneas como la frisona, estas variedades mantienen altos niveles de grasa en la leche y carne incluso en entornos adversos.
Según el Catálogo Oficial de Razas de España, muchas razas autóctonas están en peligro de extinción, pero su conservación asegura un “cajón de genes” útil para futuros cruzamientos. La historia de razas como la pasiega en Cantabria ilustra cómo la introducción masiva de animales exóticos redujo la diversidad local, dejando apenas unos cientos de ejemplares. En Galicia, evitar ese error permite mantener la adaptación a enfermedades y orografías específicas.
Las razas autóctonas destacan por su resistencia al clima húmedo y variable de Galicia, requiriendo menos suplementos alimenticios en épocas de escasez. Esto reduce costes y la dependencia de transportes, disminuyendo simultáneamente las emisiones asociadas a la producción intensiva.
Además, su rusticidad favorece sistemas de trashumancia y pastoreo rotacional que protegen el suelo y mejoran la biodiversidad. Ejemplos internacionales demuestran que cruzamientos controlados entre razas locales y algunas variedades adaptadas pueden combinar resiliencia con productividad moderada, siempre que se preserve el núcleo genético original.
Una de las medidas más efectivas consiste en diversificar las especies y razas dentro de cada explotación. Los rebaños mixtos amortiguan las pérdidas económicas cuando una raza sufre más que otra ante condiciones extremas. En regiones en desarrollo se ha demostrado que este enfoque aumenta la resiliencia general del sistema ganadero.
El manejo del pastoreo mediante rotación y mejora de pastizales también resulta fundamental. Técnicas como la siembra de variedades forrajeras resistentes a sequías y el uso de abonos orgánicos locales optimizan el rendimiento sin incrementar la huella de carbono. La participación en redes de conocimiento, como las impulsadas por proyectos europeos, facilita el intercambio de buenas prácticas entre ganaderos gallegos.
Los programas de conservación deben priorizar la evaluación genética para identificar ejemplares más resistentes al calor y a nuevas patologías. Evaluar sementales y mantener bancos de semen de razas autóctonas garantiza material genético disponible para generaciones futuras.
La formación continua de los ganaderos en selección natural y manejo de estrés térmico complementa estas acciones. Aplicar criterios de apareamiento que preserven la rusticidad, en lugar de buscar únicamente alta producción, asegura que las características adaptativas perduren frente a escenarios climáticos inciertos.
La carne procedente de razas autóctonas gallegas presenta una calidad superior gracias al alto contenido en grasa intramuscular y a la alimentación basada en pastos naturales. Este perfil organoléptico permite diferenciar los productos en mercados premium y justificar precios más elevados que compensan los menores rendimientos cuantitativos.
La combinación de extensividad, rusticidad y calidad nutricional sitúa a la ganadería tradicional gallega en una posición privilegiada frente al cambio climático. Los consumidores valoran cada vez más la procedencia sostenible y el bienestar animal, lo que abre oportunidades comerciales a quienes certifican estas prácticas.
Explotaciones que integran pastoreo rotacional con razas locales han logrado mantener la productividad incluso en años de condiciones adversas. Estos ejemplos demuestran que la adaptación no requiere abandonar el modelo tradicional, sino reforzarlo con conocimientos técnicos actualizados.
Se recomienda elaborar planes de contingencia climática a nivel de finca, que incluyan reservas de forraje, puntos de agua adicionales y seguimiento de indicadores de bienestar animal. La colaboración entre ganaderos, centros de investigación y administraciones acelera la implementación de estas medidas.
Las razas autóctonas gallegas ofrecen una vía clara para hacer frente al cambio climático sin renunciar a la calidad. Su rusticidad, combinada con prácticas de manejo extensivo, permite producir alimentos con baja huella ambiental y alto valor nutricional. Apostar por ellas es invertir en resiliencia territorial y en un modelo ganadero más justo y sostenible para las próximas décadas.
Los consumidores también tienen un papel activo al elegir productos procedentes de estos sistemas. Cada compra refuerza la viabilidad económica de las granjas tradicionales y contribuye a conservar un patrimonio genético único. La información transparente sobre origen y manejo facilita estas decisiones y fortalece toda la cadena de valor.
Desde un punto de vista técnico, la conservación de recursos zoogenéticos autóctonos debe integrarse en programas de selección asistida por marcadores moleculares que identifiquen alelos asociados a termotolerancia y resistencia parasitaria. El manejo de semen y embriones de razas en peligro, junto con cruzamientos dirigidos que mantengan al menos un 75 % de sangre autóctona, maximiza la resiliencia sin sacrificar productividad moderada.
La evaluación de la huella de carbono mediante metodologías específicas para sistemas extensivos (incluyendo secuestro de carbono en pastizales) permite cuantificar ventajas reales frente a modelos intensivos. La implantación de planes de adaptación a escala comarcal, coordinados con datos de estaciones meteorológicas y modelos predictivos regionales, representa la siguiente frontera para la ganadería gallega ante escenarios de cambio climático acelerado. Contacta con nosotros para más información.
Descubre la tradición gallega en su máxima expresión. Únete a esta aventura ganadera donde cada día es una fiesta campestre.